Fotografía sin cámara – 1994/2000

  














Desde mis primeros trabajos me interesó desarmar el procedimiento y reducirlo a sus elementos más básicos. Luz, tiempo, materia fotosensible y alguna cosa interpuesta entre ellos. ¿Qué otra cosa hace falta para que haya fotografía?

El fotograma sobre papel fue uno de los primeros procesos que elegí. Fotografía de contacto, un objeto toca el papel. Cada impresión mantiene una relación de uno a uno con su referente. La luz, si puede, atraviesa los objetos y produce imágenes en transparencias y opacidades. Si no, los rodea y genera una silueta plana, blanco sobre negro. Me interesa esa fotografía elemental, en la que las cosas intervienen materialmente en la producción de su propia apariencia.

Después, el deseo de aumentar el tamaño de esas imágenes. Cambio de soporte. El objeto se apoya en una película que será un negativo e irá a la ampliadora. Más tarde, una variación: colocar los objetos directamente en la ampliadora. En todos los casos, asombro por el fuera de escala.

Trabajo con lo que tengo a mano. Lo primero fue el papel: unos cuantos recibos, hojas de una agenda, una serie de mensajes de las galletas de la fortuna. Luego llegaron pequeñas cosas de todos los días. La colección reúne peine, blíster, llave, galletita, saquito de té, cepillo de dientes. Aprecio la disponibilidad de lo cercano.

Los boletos del transporte público formaron otro grupo. Objetos de circulación, numerados y seriados, destinados al uso y al descarte. Los números de turno y los calendarios introducen la preocupación por las formas que inventamos para contar, dividir y administrar el tiempo.

Finalmente aparece el cuerpo humano, en su versión de minúsculos desechos. Pequeñas materias desprendidas que la fotografía vuelve visibles. A veces son copiadas por contacto; otras, colocadas en la ampliadora. El cambio de escala las vuelve extrañas.

Objetos planos y tridimensionales, fragmentos de cuerpos: materiales circunstanciales para una misma investigación.